Social Business by Global Thinking

Cuando ser coherente te cierra puertas

Por Luis Fernando Pelayo Brambila, Fundador ATÁLIA

 “Pero te abre camino”

Hace unos días, una universidad privada de Guadalajara me invitó a presentar un pitch sobre mi negocio como parte de sus actividades de aniversario. Acepté con gusto. Para mí, estos espacios son oportunidades para dialogar con jóvenes, inspirar, compartir aprendizajes y mostrar que emprender también es un acto de coherencia y convicción.

Llevo ocho años construyendo mi empresa, Atalia, una marca mexicana de moda incluyente para mujeres de talla extra —de la XL a la 5XL— que abraza la diversidad corporal y, sobre todo, la dignidad. A lo largo de este camino he aprendido que la moda puede ser mucho más que una industria estética: puede ser una herramienta de transformación social.

Me he formado en tres de las principales aceleradoras de emprendimiento del país, trabajando con marcos de sostenibilidad alineados a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU: Salud y bienestar (ODS 3), Producción y consumo responsables (ODS 12) y Reducción de las desigualdades (ODS 10). Estos tres ejes guían mis decisiones empresariales. No sobreproducir, promover el bienestar y reducir desigualdades no son eslóganes: son principios que me sostienen.

Por eso, cuando recibí un correo con los “lineamientos” para participar en aquel pitch, sentí un profundo desconcierto. Entre las indicaciones decía lo siguiente:

“Evitar los términos asociados a los movimientos feministas o LGBT.”
“Evitar colores y logotipos asociados con ambos movimientos.”
“Si bien la universidad apoya algunos ODS, preferimos evitarlos por su contexto y alcance; pueden enunciarse, pero sin profundizar.”

Ahí entendí que no podía participar.

El costo de la coherencia

No fue una decisión impulsiva. Lo pensé. Reflexioné sobre lo que implicaba decir “no”. Pero también pensé en mis clientas, en mi equipo, en las colaboradoras trans, lesbianas, en las mujeres que han confiado en Atalia para sentirse representadas. Pensé en los jóvenes que tal vez verían mi presentación y entenderían que callar también es una forma de claudicar.

Así que respondí con educación, pero con firmeza:

“Como parte de la comunidad LGBT y desde mi marca Atália promovemos la inclusión, la diversidad corporal y apoyamos el feminismo. Sería incoherente con mis valores y con mis clientas presentarme bajo restricciones que van en contra de ellos.”

Decliné la invitación.

No lo hice por rebeldía, sino por coherencia. Porque emprender también implica saber cuándo no venderte, cuándo no adaptarte, cuándo no negociar tus valores. Y porque hay causas que no son moda: son principios.

Cuando la fe se confunde con miedo

Entiendo que una universidad privada tiene derecho a sus lineamientos, creencias o valores confesionales. Pero también creo que toda institución educativa tiene la responsabilidad de formar seres humanos críticos, empáticos y capaces de convivir en la diversidad.

Lo que me preocupa no es solo haber sido censurado, sino lo que eso revela: una educación que todavía teme al diálogo, que le teme a las palabras “feminismo” o “diversidad sexual”, como si fueran contagiosas o peligrosas.

¿Cómo puede un estudiante de diseño, comunicación o negocios comprender el mercado real si se le prohíbe hablar de diversidad? ¿Cómo puede un futuro emprendedor pensar en sostenibilidad si se le pide “no profundizar” en los Objetivos de Desarrollo Sostenible?

México no es el mismo país de hace veinte años. Tenemos leyes que reconocen los derechos de las personas LGBT+, políticas de equidad de género, movimientos feministas consolidados y una nueva generación que exige coherencia ética en las marcas que consume. Pretender que estos temas “no existen” es enseñarles a los jóvenes a mirar hacia otro lado.

La hipocresía de la neutralidad

He escuchado muchas veces la frase: “No nos metemos en temas de género ni de diversidad; somos neutrales.” Pero la neutralidad, en contextos de desigualdad, es una forma de complicidad.

La diversidad no debería ser un tema incómodo para las universidades, las empresas o los gobiernos. Debería ser un tema normal. Porque no hablar de ello no lo hace desaparecer; solo lo empuja a la sombra.

Cuando publiqué mi experiencia en redes sociales, recibí decenas de mensajes. Algunos de apoyo. Otros de indignación. Y unos cuantos, tristemente, de confirmación. Varias personas me contaron que, dentro de esa misma universidad, estudiantes de la comunidad LGBT fueron sancionados por incluir temas de diversidad en sus proyectos finales. Algunos incluso vieron condicionado su título.

Eso no es educación. Eso es represión maquillada de valores.

El verdadero liderazgo

Hoy, más que nunca, creo que el liderazgo —ya sea empresarial, académico o espiritual— se mide por la capacidad de escuchar lo distinto, de incluir lo que incomoda, de abrazar lo que no se entiende del todo.

Mi marca, Atália, no existiría si no hubiera mujeres que se atrevieron a decir: “No me cabe tu molde, voy a hacer el mío.”
Y así debería ser también la educación: un espacio para crear nuevos moldes, no para perpetuar los viejos.

Las empresas, las universidades y los emprendedores compartimos algo esencial: somos agentes de cambio. Pero ningún cambio es posible desde la exclusión.

El mundo —y el mercado— está premiando la autenticidad. Las marcas con propósito, los proyectos con alma, los líderes con valores claros son los que están marcando la pauta.

Ser coherente a veces te cierra puertas. Pero también abre otras mucho más grandes: las de la conciencia, la coherencia y la libertad.

Lo que aún nos falta

No escribo este texto para señalar a una universidad. Lo escribo porque me niego a normalizar lo que no debería seguir pasando en 2025.
Porque mientras las empresas avanzan hacia políticas de inclusión, algunos espacios educativos siguen enseñando miedo.
Y porque, si los futuros líderes se forman en ambientes donde no se puede hablar de igualdad, difícilmente construirán un país más justo.

Yo seguiré emprendiendo desde mis valores. Seguiré creyendo que una empresa puede ser rentable y responsable. Que el feminismo no divide, sino que equilibra. Que la diversidad no amenaza, sino que enriquece.

Y, sobre todo, seguiré creyendo que ser coherente puede cerrarte puertas, pero siempre, siempre, te abre camino.

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