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Los lobos que cambiaron el río

Si te gusta, mucho o poco, los temas relacionados con la regeneración ambiental, estoy seguro de que has escuchado o visto algo relacionado con los lobos que cambiaron la trayectoria de los ríos. Si no, te cuento un poco: en 1995, una manada de 14 lobos fue liberada en el Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos. El esfuerzo era por regresar a estos animales a su hábitat natural, pocos imaginaron el impacto que esto generaría.

Empezó con los lobos cazando venados, lo que redujo su población. Además, los venados dejaron de pastar en regiones del parque donde eran víctimas fáciles, lo que ocasionó que estas áreas se regeneraran: los árboles volvieron a crecer y, de su mano, arbustos y bayas silvestres también, atrayendo de vuelta al parte a distintos tipos de aves.

El crecimiento de los árboles hizo que los castores regresaran a una región donde se consideraban extintos, las presas que construyeron provocaron que prosperaran nutrias y reptiles al tener un hogar con las condiciones propicias.

Además, los lobos cazaron coyotes, lo que provocó que conejos y ratones de campo crecieran sus poblaciones, lo que atrajo a zorros, halcones, comadrejas, tejones, águilas calvas y cuervos.

Con un mayor balance entre presas y depredadores, más el regreso y desarrollo de nuevas especies, la erosión disminuyó por el aumento de la vegetación, lo que estabilizó el cauce de los ríos, creando canales más angostos y más estanques.

En resumen, los lobos no solamente transformaron el ecosistema del Parque, también modificaron la orografía de la zona.

Hay distintas definiciones para impacto sistémico, una de las que más me gusta es “el efecto o consecuencia que una acción, decisión, cambio o evento genera en la totalidad de un sistema interconectado, afectando de manera directa o indirecta a todas sus partes constituyentes”.

Con esto, es difícil refutar que los lobos de Yellowstone son uno de los ejemplos más claros de una acción con impacto sistémico positivo.

Los retos del impacto sistémico

El impacto directo es medible, atribuible y relativamente fácil de reportar; cuando una startup de educación habla del uso de su plataforma, fácilmente puede decir “tengo 10,000 alumnos consumiendo mi contenido”. Por su parte, el impacto sistémico es mucho más difícil de medir en el corto plazo, sobre todo porque es difícil de atribuir a una sola intervención. Si tomamos en cuenta el mismo sector que el ejemplo anterior y los 10,000 estudiantes usuarios de la startup incrementan sus calificaciones habría que cuestionar no solamente el uso del producto, si no cómo afectó su entorno social y cultural y cómo se llegó al resultado obtenido.

El cambio sistémico tiene tres características que lo vuelven difícil de medir con métodos tradicionales:

  • No linealidad, ya que una pequeña intervención puede tener efectos desproporcionados tanto a la alza como a la baja,
  • Causalidad difusa, hay muy pocos casos como el de los lobos en que el que se le puede atribuir el cambio sistémico a un solo actor (aunque en ese ejemplo ellos son los que dispararon el cambio, pero no los únicos actores)
  • Horizonte temporal largo, lo que juega en contra del venture capital y la inversión de impacto

El reto para la inversión de impacto

Latinoamérica, excluyendo a Brasil, tiene una población de más de 600 millones de habitantes, de los cuales más de 140 millones, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), no tienen acceso a servicios de salud dignos y asequibles; más de 12 millones de niños entre 12 y 18 años no son parte del sistema de educación y cerca del 50% de la población vive en la informalidad por lo que tiene poco acceso a financiamiento.

En fin, nuestra región vive con una deuda social gigantesca que, ni gobierno, filantropía ni inversión de impacto han podido resolver.

El gran reto para los inversionistas de impacto es pensar en el largo plazo. Cuando evaluamos una startup en etapa Seed o Serie A, más allá del due diligence operativo, financiero y legal, cuando analizamos el impacto, la pregunta no debiera ser si la empresa tiene impacto sistémico hoy, sino si el modelo, al replicarse y escalarse, tiene el potencial de transformar la estructura del mercado, o la sociedad, en la que opera.

Hemos escuchado muchas veces del “greenwashing” y cómo está contaminando los mercados de bonos de carbono y los proyectos ambientalmente “responsables”, sin embargo, el “impact washing” es casi tan grave, si no es que más, especialmente cuando hablamos de enfoque sistémico: reclamar cambio sistémico sin evidencia contamina la narrativa y los esfuerzos relacionados.

Posiblemente el principal reto para los inversionistas de impacto es asumirse como catalizadores: poner sobre la mesa el capital que ayude a disminuir el riesgo operacional y de sobrevivencia de las startups que buscan solucionar los grandes rezagos de la región. Con el objetivo de que tarde o temprano llegue capital más alineado con la visión del venture capital a darle un último impulso a esas compañías, generando los cambios sistémicos que la región necesita.

Miguel I. Gallo P.

Con más de 15 años en el sector financiero, encontré mi pasión profesional en la industria de Inversión de Impacto. Me gusta aprender, explorar y discutir sobre emprendimiento, innovación, inversión de impacto y venture capital desde la práctica. Me interesa abrir conversación y cuestionar las narrativas del ecosistema, con conversaciones más honestas sobre liderazgo, capital e innovación.

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