Los refugiados invisibles

Hambre, sequías, inundaciones, deslaves, incendios, huracanes, plagas, pandemias… la lista de afectaciones directas a la población ocasionadas por fenómenos climáticos, exacerbados por la emergencia climática que vivimos, son muchas, pero a veces se nos olvida la segunda derivada: los desplazamientos humanos asociados a estos fenómenos.
Nadie migra de su territorio por gusto, la migración es siempre consecuencia de una búsqueda aspiracional a una mejor calidad de vida, o forzada por condiciones que hacen imposible quedarse.
Hoy, es 3 veces más probable ser desplazado por el clima que por una guerra, sin embargo, el sistema de protección a personas desplazadas fue diseñado para los conflictos armados.
Según el IDMC Global Report de 2023, en 2022 se tuvieron más de 32 millones de desplazamientos internos por desastres climáticos y, de acuerdo con el Banco Mundial, para 2050 se podrían desplazar más de 216 millones de personas por fenómenos climáticos, el Institute for Economics & Peace asegura que, para ese año, más de 1,200 millones de personas habitarán en zonas de alto riesgo de desplazamiento climático.
Eventos hidrometeorológicos, sequía y degradación agrícola que resultan en cosechas fallidas de entre 3 y 5 años consecutivos, elevación del nivel del mar que erosiona la costa y saliniza suelos, calor extremo, que arriba de 35°C puede resultar en muertes por golpes de calor, o degradación de ecosistemas resultando en pérdida de medios de vida, son los principales motores de desplazamiento climático.
No nos sorprende la afectación a poblaciones vulnerables, un estudio de la UNICEF publicado en 2023 asegura que cerca del 50% de los desplazados climáticos son menores de 18 años.
Y no pretendo olvidar, ni obviar, las otras grandes causas de las migraciones como pueden ser pocas oportunidades de empleo, de desarrollo económico o la inseguridad. En un paper promovido por ACNUR, se asegura que separar el desplazamiento climático del económico o del causado por la violencia es metodológicamente difícil, pero generalmente el clima incide como un multiplicador de vulnerabilidades preexistentes.
Latinoamérica no se queda fuera del problema, según el Internal Dispacement Monitoring Center (IDMC), en la región hubo cerca de 17 millones de desplazados internos por clima en 2022, el Banco Mundial estima que en el 2050 serían más de 50 millones.
Ya han habido casos masivos de desplazamientos en la región: las inundaciones de mayo 2024 en Rio Grande do Sul, Brasil, dejaron más de 600 mil desplazados; en Tabasco, México, el 70% del territorio es susceptible de inundación (es una planicie costera con una elevación promedio sobre el nivel del mar de entre 10 y 15 metros, atravesada por los dos ríos más caudalosos del país, el Grijalva y el Usumacinta) y, en 2007, se dio un desborde simultaneo de los dos ríos, lo que terminó en más de 1 millón de personas afectadas, 500 mil evacuadas y un costo de recuperación de más de usd $2,800 millones.
El desplazamiento de estas 500 mil personas resultó en un problema de segunda derivada que pocos tienen mapeados: la negativa de las familias a abandonar sus tierras ancestrales, milpas o redes comunitarias, la escasez de recursos e infraestructura urbana en los lugares donde son reubicados y/o la pérdida de fuentes de ingreso que se traduce en hambre, miseria y delincuencia (generalmente, las personas desplazadas ya viven en pobreza).
La Naturaleza es nuestra mejor aliada
Aunque nos autodefinimos como la especie más inteligente de todas las que habitan el planeta Tierra, extrañamente somos la única que nos definimos como algo externo al ecosistema que vivimos, como si no fuéramos parte de la naturaleza.
Probablemente esa es una de las principales explicaciones de por qué, como especie, nos sentimos más cómodos en espacios artificiales que naturales: sin insectos, polvo, lluvia o animales que pudieran resultar en amenazas. Situación que se traduce en destrucción de ecosistemas naturales para facilitar la actividad humana, manglares en la costa, selvas, bosques, humedales, son solamente algunos de los principales ecosistemas afectados.
Literatura hay mucha (si no estás familiarizado con el tema, busca cualquier libro de Paul Hawken), pruebas científicas hay más y la respuesta siempre es la misma: si no empezamos con la restauración de estos ecosistemas, difícilmente lograremos frenar las afectaciones por desastres climáticos a la vida y las actividades humanas.
Los manglares reducen la energía de las olas hasta en un 66%, protegen contra marejadas ciclónicas y estabilizan la línea costera. Latinoamérica alberga el 25% de los manglares del mundo y ha perdido más del 35% de ellos en los últimos 50 años.
Los bosques en cuencas altas regulan el flujo y ciclo del agua, reduciendo la velocidad e intensidad de inundaciones aguas abajo.
Los suelos sanos actúan como esponjas, ya que son capaces de absorber mejor el agua, recargar acuíferos y reducir la escorrentía.
Restaurar manglares y humedales costeros, cuencas hidrográficas, bosques y suelos son, en términos de reducción de riesgo de desplazamiento, mucho más efectivos que cualquier infraestructura gris.
Corredores urbanos para polinizadores, techos verdes, jardines de lluvia, pavimentos permeables, parques inundables son algunas soluciones para ciudades que se han planteado en la literatura experta, y no tanto, del tema.
El combate a la emergencia climática tiene que darse de manera holística y no nada más enfocarse en el carbono liberado aceleradamente del suelo que termina siendo nocivo en la atmósfera.

Inversión de impacto y soluciones basadas en la naturaleza
Las soluciones basadas en la naturaleza son intervenciones humanas que usan o imitan procesos naturales para abordar desafíos sociales, económicos y ambientales.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) las define como acciones para proteger, gestionar de forma sostenible y restaurar ecosistemas naturales o modificados que abordan desafíos sociales de manera efectiva y adaptativa, proporcionando simultáneamente bienestar humano y beneficios de biodiversidad.
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) publicó en 2022 una estimación que calcula que el 30% de la mitigación climática necesaria para 2030 deberá venir de soluciones basadas en la naturaleza. En esa línea, la UNEP (programa de la ONU para el medio ambiente) estima que, para 2030, se necesitará una inversión anual de $542 billones de dólares. En 2022 el financiamiento total alcanzó menos del 40% de la cifra de inversión objetivo y, lo más alarmante, era que el 85% de este financiamiento proviene de fuentes públicas.
Aquí es donde la inversión de impacto debiera dar un paso al frente. Como lo he discutido en otros artículos (véase “Invertir donde el mercado falla, el verdadero rol de la inversión de impacto” ), poder apostar por plazos más largos, menores retornos financieros y la prioridad de impacto social o ambiental positivo, debieran pesar lo suficiente para, en la lucha de mejores condiciones de vida para todos, habilitar soluciones que restauren nuestra casa común.
Apostar por hacer un “de-risking” de este tipo de proyectos para habilitar mercados de carbono que faciliten la llegada de inversionistas y recursos “tradicionales” a un sector que, conforme avanza el tiempo, se vuelve cada vez más crítico para apoyar.
Proyectos como Toroto o Ponterra en México, PROMARES en Costa Rica y Panamá o Mesoamerican Reef en Belice, México, Honduras y Guatemala, son ejemplos de que, con confianza y colaboración, el capital privado puede hacer mucho por la restauración de nuestro planeta.
¿Es falta de convencimiento, poco conocimiento, un poco de ambas o que, como inversionistas, nos sentimos más cómodos atacando consecuencias que causas?
¿O es un tema de visión y reporteo?, siempre es más cómodo contar la historia de la remediación que asegurar una prevención que, bien hecha, no se puede platicar después de cierto tiempo.
Toca arremangarse, llenarnos las manos de tierra y agua, y seguir construyendo soluciones holísticas que ayuden a combatir un problema cada vez más urgente, tangible y visible, especialmente para los más vulnerables de nuestra sociedad.




