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La salud mental y la oportunidad de apostar por atenderla

Si nos remontamos a edades anteriores de la humanidad, enfermedades como epilepsia o esquizofrenia, llegaban a ser consideradas posesiones diabólicas o éxtasis religiosos. Entre demonios, locos, brujas o bajos rendimientos, tenemos una historia de más de 5 mil años donde, tristemente, la mente nunca fue considerada como algo capaz de enfermarse o bajar su rendimiento.

Una de las grandes herencias que nos dejó la pandemia del COVID-19 fue la visualización y normalización de los problemas de salud mental.

No es difícil recordar cómo, antes de esos meses de pausa y encierro para nuestra sociedad, temas como ansiedad, depresión, bipolaridad, déficit de atención o burnout emocional eran tabúes en una cultura social y corporativa que los asociaba, y aún lo hace, a debilidad o falta de capacidad.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca de 100 millones de habitantes de Latinoamérica (de alrededor de 650 millones) viven con algún trastorno de salud mental, con un incremento de más del 40% en casos de depresión y ansiedad tras la pandemia. Valdrá la pena preguntarnos si esto es consecuencia de los casi dos años de encierro, de la visibilidad y aceptación que empezaron a tener estos problemas, o de un poco de ambos factores.

Lo que sí sabemos es que, tristemente, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), el 75% de las personas con trastornos de salud mental en LATAM no reciben ningún tratamiento; algo fácilmente explicable si vemos que, en nuestra región, solamente el 2% del presupuesto de salud se dedica a atender este tipo de padecimientos, algo que alarma al enterarnos que la OMS recomienda que sea por lo menos el 10%.

Si a esto le sumamos que la OMS recomienda un mínimo de 10 profesionales de salud mental por cada 100 mil habitantes y, en nuestra región, tenemos solamente un promedio de 1.6 por país, además de que más del 80% de estos trabajadores trabajan en zonas urbanas, podemos fácilmente concluir, como lo hacen distintos artículos de la OPS, la OMS y el WHO Mental Health Atlas, que la salud mental presenta una de las brechas más grandes en salud pública.

La OMS estima que la depresión es la principal causa de discapacidad en el mundo; de acuerdo con el INEGI, la segunda causa de muerte en jóvenes mexicanos (15 a 29 años) es el suicidio. En 2019, la OMS reconoció el burnout como síndrome ocupacional. Deloitte publicó después de la pandemia que entre el 40% y el 60% de los trabajadores de la región reportan síntomas de este padecimiento.

Además de las presiones “normales” de las actividades laborales y los retos de vivir en una región como la nuestra, la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) definió en 2017 un nuevo padecimiento: la “ecoansiedad”, entendida como el miedo crónico a la devastación ambiental, un padecimiento que es especialmente prevalente en jóvenes de entre 18 y 34 años (me salgo del rango, pero confieso que lo padezco). Según un estudio publicado en 2021 en “The Lancet Planetary Health”, el 45% de los jóvenes encuestados en 10 países, siente que la ecoansiedad afecta su vida diaria.

Un trastorno demasiado caro

Foto de Nik Shuliahin 💛💙 en Unsplash

Si los puros datos mencionados en la primera parte del artículo no fueran suficiente para ponernos en alerta, a lo mejor los datos económicos lo logren.

La OMS calcula que se pierden alrededor de 12 mil millones de días de trabajo globalmente cada año por depresión y ansiedad.

El Banco Mundial estima que, entre el 4% y el 5% del PIB de Latam se pierde anualmente por impacto económico de los trastornos mentales. Por su parte, estudios del BID estiman que, en la región, si los trabajadores se presentan a sus labores con depresión y ansiedad, se puede reducir la productividad entre un 20% y un 35%.

La OPS ha alertado que la depresión sin tratamiento eleva el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, diabetes y obesidad. El BID tiene publicaciones relacionadas donde estima que cada dólar no invertido en salud mental genera entre $3 y $5 dólares de costo adicional en salud física en los siguientes años.

En un paper de 2016 en The Lancet Psychiatry (Chisholm et al.), un grupo de investigadores estimó escenarios de ROI por cada dólar invertido en tratamiento de depresión y ansiedad en 36 países de ingreso bajo y medio entre 2016 y 2030; los resultados varían entre regiones, pero van de $2.3 hasta $4, considerando tanto beneficios de salud como de productividad.

¿Es una oportunidad fácilmente capitalizable?

De acuerdo con CB Insights, en 2021 se invirtieron más de $5.5 mil millones de dólares en startups de mental healthtech. Diversas fuentes estiman un mercado en este sector de más de $200 millones de dólares al año, con un crecimiento en búsquedas de “terapia online” que, según Google, se quintuplicó entre 2019 y 2022.

El cambio de paradigma en cuanto a la aceptación social a hablar de salud mental en Latinoamérica después de la pandemia del COVID-19 generó un incremento de entre 30% y 50% de la demanda de servicios de atención a estos padecimientos entre 2020 y 2022.

Regulaciones como la NOM-035 en México donde el gobierno obliga a las empresas a prevenir factores de riesgo psicosocial, con normas similares en Colombia, Chile y Brasil, han fomentado la adopción de soluciones de wellness en el mercado B2B, independientemente de la conciencia y acción voluntaria de los trabajadores.

Huecos estructurales como el elevado costo de las sesiones de terapia y los medicamentos, el poco acceso a estos servicios en zonas rurales; o simplemente el estigma cultural que no ha terminado de desaparecer, abren oportunidades enormes para quienes se animen a explorar atención B2C en la base de la pirámide, busquen integrarse con aseguradoras para evitar complicaciones de salud o logren habilitar verdaderos marketplaces que faciliten la convivencia entre terapeutas y pacientes.

Uri Levine, founder de Waze, publicó el libro “Enamórate del problema, no de la solución” y, si te quieres quedar con una idea de sus más de 400 páginas sería: antes de pensar en una gran idea tecnológica, construye una profunda comprensión de un problema que muchos necesitan resolver.

A lo mejor, la próxima gran empresa viene desde un sector que se atreve a ver donde pocos lo hacen y poner el foco en un problema igual de grave y preocupante que los padecimientos físicos.

Finalmente, las personas somos cuerpo, mente y espíritu, y necesitamos las tres partes funcionando bien para lograr dar la mejor versión de nosotros mismos.

Miguel I. Gallo P.

Con más de 15 años en el sector financiero, encontré mi pasión profesional en la industria de Inversión de Impacto. Me gusta aprender, explorar y discutir sobre emprendimiento, innovación, inversión de impacto y venture capital desde la práctica. Me interesa abrir conversación y cuestionar las narrativas del ecosistema, con conversaciones más honestas sobre liderazgo, capital e innovación.

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