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Agua, la crisis que nadie tenía en la lista

“La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”, es la máxima de la Ley de la Conservación de la materia y, me atrevo a decir, una de las frases que más quedan grabadas en cualquier estudiante de educación secundaria. Si tenemos tan asimilada esa frase, ¿por qué cuando hay sequías, o inundaciones, tendemos a asumir que el agua se debiera comportar distinto de cómo lo hace el resto de la materia?

Podría ser mucho cliché empezar un artículo relacionado con el agua recordando que este líquido cubre el 71% de nuestro planeta, pero que solamente el 3% es agua dulce y que, de ese porcentaje, solamente el 0.5% está disponible para el consumo humano, ya que el resto está capturado entre glaciares, hielo polar y mantos freáticos inaccesibles (y no queremos alcanzarlos).

Cuando pensamos en los grandes retos que enfrentamos como humanidad actualmente, nuestras mentes viajan a energía, inteligencia artificial, desigualdad y deudas sociales y calentamiento global… difícilmente el agua se nos pasa por la cabeza, mucho menos encabeza la lista. Y eso que hoy, 2,200 millones de personas tienen inseguridad hídrica (no está garantizado su acceso a agua potable), la WWAP (ONU – Agua) estima que para 2050 entre el 40% y el 50% de la población mundial, alrededor de 5,700 millones de personas, vivirán estrés hídrico al menos una vez al año.

Como sociedad, nos hemos acostumbrado a dar por sentada el agua de la misma forma que, durante el siglo XX y principios del XXI, dimos por sentado el clima: un sistema estable, predecible, gratuito y que, hiciéramos lo que hiciéramos, estaría ahí, al servicio de nuestras necesidades de producción. Sin embargo, y volviendo a la Ley de la Conservación de la materia, el ciclo hidrológico no destruye ni crea una sola gota de agua, pero el cambio climático está llevando a que el agua que necesitamos, dónde y cuándo la necesitamos, no llegue. En términos hídricos, la crisis que estamos viviendo es una de distribución, infraestructura y, sobre todo, de tiempo.

Es fácil olvidarnos que inundación y sequía son dos caras de la misma moneda.

¿Qué es el estrés hídrico?

Cada vez se escucha con más frecuencia el concepto de “estrés hídrico”, por pura lógica, podemos asumir que es la angustia por no tener acceso al agua potable necesaria para cubrir necesidades básicas, empezando por saciar la sed.

De acuerdo con el WRI Aqueduct Water Risk Atlas, el estrés hídrico ocurre cuando la demanda de agua supera la disponibilidad de recursos hídricos renovables en una zona durante un período determinado. Cuando el ratio entre demanda y disponibilidad se encuentra entre 20% y 40%, se considera estrés medio alto, es decir, la sequía o el crecimiento urbano pueden generar crisis. Si es entre 40% y 80%, se considera alto y se da debido a escasez natural, lo que ocasiona una competencia entre agricultura, industria y consumo doméstico. Arriba del 80% es un riesgo extremadamente alto de no poder cubrir las necesidades básicas.

En 2023, WRI Aqueduct publicó que 8 de los 10 países con mayor estrés hídrico proyectado para 2040 están en Latinoamérica, con México encabezando la lista.

La degradación del suelo y su pérdida de capacidad de absorción del agua, también se traduce en estrés hídrico, e inundaciones.

Según la ONU, en 2023 cerca del 60% de los desastres naturales son por origen hídrico, ya sean sequías o inundaciones, estas últimas duplicando su frecuencia entre 1980 y 2020. Según el Banco Mundial, más de mil millones de personas viven en zonas de alto riesgo de inundación.

El gran problema de las inundaciones, en especial las severas, es la contaminación que generan. A nivel superficial, arrastran sedimentos, patógenos, pesticidas agrícolas, combustibles y residuos hacia ríos lagos y pozos; en las inundaciones de 2025 en Poza Rica, México, hasta nauyacas (una de las especies de víboras más venenosas del país) llegaron a la ciudad arrastradas por las corrientes.

La contaminación superficial puede inutilizar fuentes de agua potable durante meses, si por el nivel de inundación se alcanzan las bocas de los pozos o se llegan a filtrar contaminantes a los mantos acuíferos, la recuperación puede tardar años.

Cólera, fiebre tifoidea, hepatitis A y diarrea severa son algunos ejemplos de enfermedades graves causadas por el consumo de agua contaminada. A nadie sorprende cuando los datos de la Organización Mundial de la Salud señalan que la población más vulnerable a estas enfermedades son los niños menores de 5 años y los adultos mayores.

Foto de Markus Spiske en Unsplash

Los fenómenos meteorológicos y sus afectaciones

Sin lugar a duda, en Latinoamérica El Niño y La Niña son de los fenómenos más fácilmente observables por el cambio climático. No hemos llegado a verano en el hemisferio norte y ya se habla del “Súper Niño” que afectará en 2026.

Vamos por partes. La FAO describe al Niño como un evento natural caracterizado por el calentamiento anómalo de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial. Este proceso altera los patrones de presión atmosférica y vientos a nivel global, provocando graves alteraciones meteorológicas: sequías intensas, lluvias torrenciales y olas de calor.

Para la costa oeste de América del Sur, el Niño se traduce en lluvias torrenciales que ocasionan inundaciones y, muchas veces, desplazamientos de tierra. La parte norte de Sudamérica y Centroamérica suelen enfrentar sequías severas y escasez de agua. En Norteamérica se viven inviernos más cálidos en el norte y un aumento significativo en las lluvias en México. El sureste asiático y Australia enfrentan sequías severas, con lo que se incrementa el riesgo de incendios forestales.

El Niño forma parte de un ciclo natural más amplio conocido como ENSO, el cual se da cada 2 a 7 años, y que incluye también a La Niña, que es cuando las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial se enfrían y los resultados climáticos son los inversos a los descritos. En el inter, hay un periodo de estabilización donde las aguas se mantienen en temperaturas promedio.

El Súper Niño se da cuando las aguas del océano Pacífico superan el umbral de 2°C por encima del promedio; desde que se llevan a cabo las mediciones modernas, solamente se han registrado tres eventos de esta magnitud: en 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016.

En mayo de 2026, el Climate Prediction Center elevó a 82% la probabilidad de que El Niño emerja entre mayo y julio, y al 96% de que persista entre diciembre de 2026 y enero de 2027, con un 35% de probabilidad de que sea muy fuerte en el último trimestre del año. El Centro Europeo y la oficina meteorológica australiana proyectan anomalías cercanas a los 3°C de variación positiva; así que, dependiendo tu país, prepárate para un segundo semestre del año con mucha lluvia… o muy seco.

Probabilidades de intensidad de El Niño (emitida en mayo 2026) Publicada por NOAA

Sin ser un “Súper Niño”, el ciclo que vivimos en 2023 y 2024 ocasionó una de las peores sequías en el Amazonas, lo que ocasionó que bajaran tanto las aguas que muchas comunidades indígenas se quedaron sin transporte, mientras que en Ecuador y Perú se vivieron fuertes inundaciones.

En México, el Niño de 2024 terminó con años de sequía y rellenó presas que, a finales de 2023 y principios de 2024 estaban en sus mínimos históricos, especialmente los sistemas que brindan agua la Ciudad de México y Monterrey.

Soluciones innovadoras

De acuerdo con el BID, para alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible 6, el cual busca garantizar la disponibilidad de agua dulce, su gestión sostenible y el saneamiento para todos, Latinoamérica necesita alrededor de $60 mil millones de dólares de inversión en infraestructura hídrica. El financiamiento privado actual cubre menos del 5% de esa cifra.

Latinoamérica cuenta con el 30% del agua potable del mundo, pero más de 47 millones de personas no tienen acceso seguro a ella.

Más allá de la tecnología, el déficit en la región parece estar en el financiamiento de infraestructura de base: redes de distribución y saneamiento, plantas de tratamiento y sistemas rurales.

La idea generalizada de que el gobierno es quien se debe de encargar de garantizar servicios básicos, además de los lentos retornos y el alto riesgo regulatorio y reputacional, explican el poco interés de la industria del VC tradicional en el sector.

Waterpreneurs reporta que el número de startups de watertech se ha triplicado en Latinoamérica  entre 2019 y 2024. Sin embargo, según LAVCA, entre 2018 y 2023 se invirtieron únicamente $800 millones de dólares en startups de agua y saneamiento, lo que representa menos del 1%. Una cifra que, alarmantemente, coincide con lo reportado por el BID Lab para inversión de impacto en starups de agua en el mismo periodo de tiempo, la inversión en Fintech es el 12% del total de inversión de impacto.

Y es alarmante que ni la inversión de impacto se anime a financiar estos problemas porque, si inversionistas dispuestos a asumir mayores riesgos por generar un impacto social y ambiental positivo, dispuestos a retornos financieros concesionales o a mayores plazos de inversión, no están dispuestos a voltear a ver esta gran problemática, en una sociedad que depende en buena parte de las innovaciones desde el sector privado, podemos decir que estamos en problemas.

De niño me decían que las guerras del futuro serían por el agua. Hoy me queda claro que no es un problema a largo plazo, ya estamos viendo cómo se está redistribuyendo el riesgo económico, el desplazamiento de poblaciones y el rediseño de las cadenas de suministro globales.

Hoy existen soluciones en la región de captación y tratamiento de agua de lluvia, plataformas de financiamiento para infraestructura de agua en comunidades rurales, tecnología de medición inteligente de consumo de agua, plataformas de gestión hídrica para la agroindustria o el sector HoReCa, tratamiento de aguas industriales, uso de algas que limpian aguas agrícolas sumamente contaminadas, soluciones que basadas en la naturaleza y hasta tecnologías de generación de agua a partir del aire (sí, como  las granjas de humedad de Star Wars que condensaban el aire del desierto).

Cada vez vemos más emprendedores explorando este sector, el escenario parece listo para que la inversión de impacto y el blended finance entren con fuerza porque sin inclusión hídrica no podemos hablar de inclusión financiera, educativa o de cualquier otro tema de salud.

Aunque nos tomó bastante tiempo darnos cuenta, el agua es el recurso más estratégico de cara a los siguientes años: juega un papel aún más importante en la restauración de suelos y combate al cambio climático que el carbono, es irremplazable y es la base de la vida como la conocemos.

Miguel I. Gallo P.

Con más de 15 años en el sector financiero, encontré mi pasión profesional en la industria de Inversión de Impacto. Me gusta aprender, explorar y discutir sobre emprendimiento, innovación, inversión de impacto y venture capital desde la práctica. Me interesa abrir conversación y cuestionar las narrativas del ecosistema, con conversaciones más honestas sobre liderazgo, capital e innovación.

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