Lo que comenzó como una experiencia personal de vulnerabilidad terminó convirtiéndose en una propuesta tecnológica con ambición de escalar en uno de los puntos más frágiles de la vida urbana en México: la seguridad en fraccionamientos y condominios.
Hace apenas unos meses, la casa de Luis Campos fue robada. Tres personas ingresaron al domicilio mientras su familia no estaba. El hecho ocurrió, paradójicamente, dentro de un fraccionamiento privado con vigilancia 24/7, cuotas de mantenimiento y una caseta de control de accesos. “Pagamos por seguridad, pero eso no fue suficiente”, recuerda Luis.
El acceso se dio —según relata— por una combinación de pequeños descuidos: registros manuales en papel, listas que nadie revisó a fondo y un sistema basado más en la rutina que en el control real. El saldo, dentro de todo, fue menos grave de lo que pudo haber sido: no había nadie en casa. “Eso es lo único que agradezco de ese día”, afirma.
La falsa sensación de control
Lo que siguió fue un proceso largo y frustrante: denuncias, recopilación de pruebas, solicitudes de grabaciones y coordinación con la fiscalía. Pero más allá del incidente puntual, hubo una pregunta que empezó a incomodarlo: ¿cómo es posible que en 2025 la seguridad de miles de familias siga dependiendo de una libreta y un bolígrafo?
Al investigar más, Luis detectó que su caso no era la excepción, sino la norma. “La mayoría de los fraccionamientos en México operan igual que hace veinte años”, explica. Incluso aquellos que intentan modernizarse suelen hacerlo mediante grupos de WhatsApp, donde se comparten fotos de credenciales, placas de autos y registros de entradas y salidas.
Para Luis, el problema va más allá de la informalidad: se trata de información altamente sensible que queda expuesta. “Nadie piensa qué pasa con esos datos cuando un guardia deja la empresa o cuando alguien más tiene acceso al chat”, señala. Sin trazabilidad ni controles claros, la seguridad termina siendo solo una percepción.
De una experiencia personal a una solución tecnológica
De esa reflexión nació MiGuardia, una plataforma digital de control de acceso para condominios y fraccionamientos. Su propuesta busca sustituir el papel y los chats informales por un sistema estructurado: los residentes generan códigos QR para sus visitantes, los guardias los escanean en segundos y cada acceso queda registrado de forma segura, sin exponer datos personales.
“No soy experto en seguridad, no vengo de ese mundo”, aclara Luis. “Soy alguien que vivió una mala experiencia y decidió no quedarse de brazos cruzados”. Esa mirada, más cercana al usuario final que a la industria tradicional de vigilancia, ha marcado el diseño del producto.
Un modelo que busca escalar con aliados
MiGuardia no pretende operar de forma aislada. Luis visualiza la plataforma como una capa tecnológica que se integra con quienes ya están en el terreno: administradores de condominios y agencias de seguridad privada que buscan ofrecer un servicio más robusto a sus clientes.
Actualmente, la compañía trabaja en el diseño de un plan de partners para facilitar la adopción de la herramienta y ampliar su alcance. “Cada día aprendemos más, cada día hacemos el sistema más seguro y cada vez ponemos más herramientas al alcance de más personas”, explica.
Luis tiene claro el alcance de su apuesta. “No voy a resolver la inseguridad del país”, dice. “Pero sí puedo ayudar a cerrar las brechas que hacen posibles fallas como la que me tocó vivir”.




